Hola, soy María y hoy quiero contarte que a veces no hay que cruzar océanos ni sellar pasaportes para migrar, a veces basta con subirse a un bus en la oscuridad de la noche, dejar atrás una vereda que fue tu hogar y despertar en una ciudad donde todo es ruido y prisa que revolotea en medio de sensaciones e imágenes desconocidas; esa también es una frontera y yo la crucé a los 17 años, con un corazón lleno de sueños y miedos que eran demasiado grandes para mí.

En un pequeño colegio de Manizales– ciudad de 400 mil habitantes–, me gradué con honores, había sido la mejor pues mis resultados en las pruebas del ICFES fueron inalcanzables incluso por muchos años después, tanto así que me hicieron una izada de bandera solo para felicitarme. El rector, con una mezcla de orgullo y sueños ajenos, dijo que con mis resultados yo podría estudiar en la Universidad de los Andes, yo solo sonreí, sabía que eso era tan inalcanzable como volar a la luna, no había dinero ni siquiera para celebrar mi grado, mucho menos para pagar una matrícula universitaria; las fronteras de la pobreza y la falta de oportunidades me mantenían atrapada en un mundo pequeño y silencioso ya que mi vida transcurría en una vereda, entre cafetales, cantar de pájaros, juegos en los árboles de naranjo, tareas del colegio y uno que otro programa de televisión, pero también entre mentalidad pobre y ese silencio profundo de quienes hemos aprendido a no pedir más. 

Tuve la oportunidad de conseguir mi primer trabajo y con él la esperanza de obtener los recursos para poder continuar con mis estudios ya que tenía la plena certeza de que por la ausencia de un padre irresponsable no se haría de otra forma; pero a los pocos meses, un evento grave me obligó a tomar una decisión que no había planeado: tenía que irme, esconderme, proteger mi vida, no fue un deseo de aventura, fue supervivencia; salir de casa no fue un acto de valentía espontánea, sino una necesidad para vivir y buscar un futuro.

Salí sin despedidas sentidas, nada que me hiciera pensar en ese momento que no querían que partiera, que les haría falta, que temían más por mi bienestar al tener que enfrentar ese mundo desconocido; sobraron excusas con y sin razón que por muchos años no entendí y yo solo me quedé con esa sensación de abandono, de no haber merecido compañía. A veces aún duele.

Así llegué a Bogotá, ciudad de ocho millones de habitantes, donde el cielo es de un azul hermoso y el frío cala distinto, más penetrante, y no era solo el cambio físico, en esa ciudad, las palabras tenían otros tonos, las miradas otros significados, y la distancia con mi familia se sentía tan grande como la ciudad misma. 

Allá cumplí los 18 años y aunque no era otro país, para mí fue otro planeta; pasé de un mundo donde todos se saludan por el nombre, a uno donde nadie te reconoce, son demasiadas personas. Aprendí a moverme por rutas de buses que tardaban horas, a hablar un poco más rápido, a esconder mi acento, a endurecerme. La niña campesina y aplicada se fue desdibujando entre jornadas largas, calles ajenas, y una rabia muda que se instaló donde antes había esperanza.

Esa rabia fue mi escudo, por mucho tiempo no quise hablar con mi madre; no la llamaba, pero tampoco le contestaba; no porque no la amara, sino porque el resentimiento era más fuerte que la nostalgia. Con los años, ese dolor se fue volviendo parte del paisaje emocional, aunque no por sanación sino porque nuevos problemas requerían toda mi energía.

Hoy quiero contarte que a veces no hay que cruzar océanos ni sellar pasaportes para migrar, a veces basta con subirse a un bus en la oscuridad de la noche, dejar atrás una vereda que fue tu hogar y despertar en una ciudad donde todo es ruido y prisa.

Maria

 

Pasaron un poco más que un par de décadas y la vida me devuelve a mis raíces. Hoy, después de todo, reconozco que ese viaje no solo me cambió de ciudad, me cambió a mí, fue mi primera frontera y entendí algo con el tiempo: A veces, el miedo es la fuerza que no sabías que tenías. Hoy entiendo algo mas, que no soy solo mis miedos y mis sueños, que no soy solo luz sino también sombra, que todo me hace ser, me levanta y me impulsa, hoy miro a mis miedos, los reconozco y decido no vivir bajo su sombra y eso no lo hace sino una mujer resiliente.

Esta historia como la de tantas de ustedes nos hacen pensar en los retos que como fronteras decidimos cruzar cada día, mantener la mirada firme en nuestros sueños y proyectos, convertir el miedo en esperanza, por eso me enorgullezco de decir que somos fuertes, somos valientes, somos mujeres de la frontera.