A veces las grandes conversaciones empiezan sin planearse.
Estás ahí, con tu tinto humeante, y alguien dice:
—“¿Y a ti como te va con la plata?”
Y sin saber cómo, terminas contando tu vida entera…
La mía, con las finanzas, no ha sido una historia de amor a primera vista.
Por años trabajé duro, no cumplía horarios, pero las largas jornadas iniciaban apenas saliendo el sol y terminaban sin haberme dado cuenta cuando se escondió y hace cuanto ya reinaba la luna; ganaba tan poco y de manera tan incierta que no podría llamarlo sueldo… cubría como podía los gastos, pero el dinero parecía tener alas. Apenas llegaba, se iba.
No siempre trabajé en oficinas con computador y horarios fijos.
Mis primeras batallas con el dinero fueron en una máquina de coser, un día tras otro, hasta altas horas de la noche… y por menos de medio sueldo mínimo. Lo hacía para poder trabajar en casa, convencida de que así no me alejaría de la crianza de mis hijos.
Pero la verdad, aunque yo estaba allí, mi gran auxiliar de cabecera terminó siendo el televisor.
Abrí un negocio para generar otra entrada, pero no rendía ni en lo uno ni en lo otro… y tenía menos tiempo para mis hijos.
Luego llegaron las deudas, no por lujos, sino por desconocimiento. Me dejé envolver por las estrategias de asesores bancarios que parecían ayudarme, pero en realidad me amarraban a cuotas impagables y yo seguía creyendo que era la única manera de darles a mis hijos una vida digna, una casa adecuada y una vida hermosa como la que sentía que no tuve.
Ahí empezó mi creatividad a toda máquina: inventar negocios para cubrir los huecos. Vendí tinto cargando termos por las calles, y al volver a casa, con los pies adoloridos, todavía me esperaba hacer la comida, la ropa por arreglar… y otra tanda de café para salir de nuevo. Vendí cometas en su temporada, y hasta tuve que salir corriendo cuando otros vendedores defendían “su calle”. Trabajé limpiando casas, y hasta profesora de teatro – aunque solo me duró un día (menos mal)- monté negocios, fui empresaria y empleada, y siempre había un nuevo oficio esperándome, no porque me apasionara, sino porque la necesidad no pide permiso.
En más de 20 años, la vida me enseñó de todo… pero lo que más aprendí fue que el problema no era solo cuánto ganaba, sino que no sabía cómo manejar el dinero en lo cotidiano, en lo emocional y en lo que se proyecta a futuro.
Hoy no vengo a contarte que ya soy millonaria. No lo soy… todavía.
Pero sí puedo decir que mi vida financiera tiene un rumbo claro, que mis decisiones pesan más que mis miedos, y que cada día camino hacia un futuro más libre.
Este es el primer sorbo de un tinto largo que pienso compartirte en este blog.
Porque si algo he aprendido es que hablar de plata no tiene por qué ser incómodo ni frío; puede ser cercano, humano, y hasta con sabor a hogar.
Nos vemos en la próxima taza. Primer sorbo de aprendizaje:
El dinero no es solo un asunto de números. Es una relación que se cuida, se entiende y se sana.
